Las manos sueltas

Las manos sueltas

Las manos sueltas
Un relato breve de G.Z.

Resulta que llegué de trabajar, comí un pan con dulce de membrillo y me tiré en el sofá a leer un libro, leí el primer capítulo y me quedé dormida. De golpe, sin entender muy bien lo que pasaba, aparecí sentada en una oficina.

La habitación estaba semi oscura, había humo de pipa y un hombre español de espaldas hablaba y gesticulaba con sus manos. Mientras hablaba, yo miraba sin mucho interés los titulares de un diario gratuito…

Este hombre nunca llegará, dijo, mientras limpiaba la pipa.

Mejor que no venga.

Es que me pone de los nervios esperar, vamos haciendo el trabajo y cuando él venga, que lo acabe.

Está bien, yo conduzco.

Las mujeres no conducen, van de acompañante.

Gallego machista, no sabes ni andar en bicicleta, conduzco yo y punto.

Él salió primero refunfuñando y yo le seguía, caminaba pisándole la sombra de su cabeza, a cada paso que él daba, yo, atrás, se la aplastaba. Era un pasillo largo, al final había una escalera, bajamos cuatro plantas, todo era monótono y gris. No habÍa nada en las paredes, no tenía iluminación natural, solo había un tubo fluorescente en cada descanso de la escalera. En la planta baja había un vigilante leyendo un diario, era un hombre acabado con la piel blanca y labios marrones de nicotina, voz rasposa, camisa sudada en las axilas. Está en la morgue, en el primer sótano, los espera hace rato, puteando y a los gritos, dijo el guardia sin quitar la vista del diario.

Joder, ahora está cabreado ¿Quién lo tolerará? Tremendo pollo nos montará el cabrón, tú dile alguna cosa si se pone pesado.

(Ja ja) me reí por lo bajo, no te preocupes gallego, yo soy la que usa el bisturí, él simplemente mira y si se pone denso, la autopsia se la hago a él.

Al llegar al primer sótano, entramos en la morgue, ahí estaba “el Patillas” al lado de una columna.

Hace rato que los espero ¿Que mierda se piensan? ¿Que cago las horas? Es urgente que hagamos este trabajo sino me cuelgan de las pelotas, vamos… Salimos de la morgue, bajamos dos pisos más hasta la cochera. Me tiró las llaves de una ambulancia y dijo: Flaca, manejá vos porque este gallego pelotudo no maneja ni un triciclo. Arranqué el vehículo y nos fuimos del edificio cagando leches. Flaca, poné las sirenas así vamos más rápido y vos gaita no fumés en la ambulancia, no te das cuenta que está esterilizada. Tranquilo Patillas, deja de maltratar al gallego, esta ambulancia apesta…

Salimos a la calle y doblamos por Güemes hacia la calle General Urquiza para ir rumbo a la casa de gobierno. Cuando hicimos ciento cincuenta metros, nos alcanzaron varias camionetas negras, cuatro motos se pusieron adelante y arriba nuestro iba un helicóptero. Tardamos menos de quince minutos en llegar en un trayecto que normalmente se demora cuarenta minutos. La entrada fue fácil, nos esperaban con el portón abierto. A un costado estab Mario, “el chueco”, el portero de la casa de gobierno, era baterista y solíamos tocar juntos en los bares antes del accidente que lo dejó rengo, al pasar a su lado, me hizo una seña con la cabeza y los ojos cerrados, como de que todo está perdido. Al detener la ambulancia nos esperaba un comité presidencial, una mujer delgada y rubia salió de la multitud y dos trajeados grandotes la seguían. Todos estaban con los ojos rojizos y lloriqueando…
Rápido, dijo el gallego, por ahí se puede salvar. Tranquilo, venimos a hacer una autopsia, nosotros no salvamos a nadie. El Patillas miró el piso de la ambulancia y se agarró la cabeza, el gallego tenía como un nudo en la garganta y dudando dijo ¿y si está vivo?
Gaita y la concha de tu hermana, te querés callar la boca, nosotros somos médicos forenses y no de urgencias, espetó el Patillas, yo sonreía entre dientes y mi sonrisa siempre tranquilizaba al pobre gaita que después de 30 años de vivir acá, no acaba de entender a un porteño estresado.

Bajamos de la ambulancia, caminamos apurados, entramos al hall central, nos seguía el comité entero, yo iba junto a la mujer rubia y detrás venía un grupo de gente, el Patillas y a su lado el gaita, que mientras caminaba se ponía un delantal blanco de médico. El Patillas hablaba con uno que parecía Ministro y con un gremialista, que no sé que hacía ahí. Al llegar a la habitación nos detuvimos y la mujer rubia dio la vuelta y señalándome dijo, tú entra sola conmigo, todos me miraron con cara de mala leche pero se quedaron en silencio. Al entrar a la habitación yacía frío en la cama, el interfecto cuerpo del General. Con ojos de llanto la rubia me miró y con voz entrecortada dijo ¿Podrás unirlas? señalando unas manos que estaban sobre la mesa…

G.Z.

Las manos sueltas

Área de intercambio H8, El Palomar

Época J2000.0

Hyper-Lunio Zulu.

ADR
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ADR by Celica G. Di Ronco Photography. Literature. Painting. Drawing. Art & Craft... and other Psychoacoustic fantasies made with love by Celica G. Di Ronco.
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